Un diario de viajes poco exhaustivo, un catálogo de imágenes imperfectas.
Una forma de recordar esas cosas que se te pasan por la cabeza y por la piel cuando estás lejos.

lunes, 21 de enero de 2013

Helsinki




Finlandia, Finlandia.

Ya sólo con decir su nombre, te recorre por la piel una sensación de frío.

Las postales creadas en nuestra mente están teñidas de azul, y coloreadas de blanco.
Arboles vestidos de nieve, niños en trineo y saltos de esquí… uno acaba pensando en Laponia, en perros lobo, en alces, en Santa Klaus, en lagos helados, en auroras boreales, en cuentos mágicos.

El problema de viajar en verano por el hemisferio norte es que hace calor en todas partes.
Finlandia no es una excepción, así que las postales que nos servían de lienzo son destruidas por un sol implacable.
No hay nieve, ni niños en trineo, ni gente esquiando, ni lagos helados, ni auroras boreales, ni cuentos mágicos.
La lógica sucesión de las estaciones, en las que uno no piensa cuando viaja con la mente, nos golpea nada más bajarnos del avión. Aquí también hay verano, aquí también hace calor.

Paseo por las calles de Helsinki, con una cámara en la mano y una libreta en la mochila. El cielo está despejado, el sol golpea como nunca.
Recorro sus calles acompañado por dos amigos con el mismo nombre y pocas cosas más en común.
Es curioso cómo se desencadenan los acontecimientos, como confluyen los caminos y como se separan. Nos unimos, nos separamos. Hoy estás aquí con dos amigos con el mismo nombre, paseando por una calle que tiene dos nombres distintos, pero mañana estarás en otro lugar… caminando sólo. Pasado…quien lo sabe…

Escribo en mi libreta…”Helsinki: Tan lejos de mi casa, percibo las cosas con más intensidad, con la quietud y determinación que te da el hecho de saber que cada momento es único, que muy probablemente no volveré a andar por estas calles, que estoy lejos, muy lejos de la autocomplacencia que me concede el vagar por lugares comunes, por rincones que considero míos, con los sentidos adormecidos por la cercanía de las cosas ya vistas, de los lugares ya conocidos; lejos de eso, lejos de todo… que sensación saber que cuándo camino… camino, que cuando respiro… respiro, que cuando miro… soy capaz de ver.”

A pesar del calor que sufrimos, Helsinki es una ciudad fría. Carece del refinado encanto de Oslo, por poner un ejemplo cercano y a excepción de las zonas aledañas a la catedral y el puerto, donde el bullicio del mercado y los comercios arropan y dan calidez a unas calles impersonales… el ambiente en Helsinki es…gélido.

Hay un museo, muy cerca de la catedral, que de puro absurdo es curioso. Es una especie de repaso costumbrista de la ciudad, con fotos antiguas y no tan antiguas de ciudadanos de Helsinki: Un retrato de una boda, de una cena tradicional, de un salón comedor en los años 50.
En realidad y siendo honesto conmigo mismo, lo único que se me ocurre pensar es que en Finlandia no hay demasiada pobreza, cuando se gastan el dinero público en semejantes gilipolleces.

Los museos son la plasmación de esa especie de deleite que sentimos los humanos por hablar de nosotros mismos.
Ahora que ya no trabajamos 16 horas diarias y hay más tiempo libre, se ha producido una banal generalización del  concepto de arte. Cualquier persona puede ser artista, cualquier ciudad merece tener un museo o varios.

Aunque no haya nada que exponer, aunque haya poco que decir.

Algún sociólogo como Verdú, incluso llega a insinuar una cierta  analogía de los museos con los centros comerciales. Yo no me atrevo a tanto, entre otras cosas, porque me gustan más los centros comerciales que la mayoría de los museos.

Escribo en mi libreta…”Helsinki: Otra ciudad de museos estúpidos y calles limpias. No está mal como definición de progreso”

Desde que tengo 7 años, no me pierdo un solo mundial de atletismo. En 1983 se disputaron los primeros en Helsinki, el mundo conoció a Carl Lewis, Steve Cram, Said Auita y tantos otros.
Así  que puedo decir sin ruborizarme ni lo más mínimo, que el mejor momento de mi estancia en esta ciudad fue la visita al estadio olímpico. Un estadio viejo, coqueto y orgulloso de su historia.

Y con él y un atardecer en un parque al lado de un puerto, acompañado de mis dos amigos que comparten nombre, entono mi  despedida de esta ciudad.

Al día siguiente cogeremos un coche, y nos dirigiremos a una cabaña que reposa al lado de un lago. Proseguiremos nuestro caluroso viaje, por el país del frío.

Escribo en mi libreta…”Helsinki: museo de sí misma, destierro temporal  adornado por un sol imposible. La ciudad previa al regreso. El verano que anticipa el Otoño”