Junio del 2010, se juega el mundial de Sudáfrica. España
llega al final de la fase de grupos con la obligación de ganar el último
partido. El rival: Chile.
Yo estoy viéndolo en un bar de un pueblo de la sierra de
Madrid con mis compañeros de Máster. Alguien dice: “nunca he estado en Chile” y
yo contesto “Yo tampoco. Ni he estado ni, francamente, creo que vaya a ir
nunca…”
Septiembre del 2011, estoy en el aeropuerto de Barajas , a
punto de embarcar y coger un avión que me va a transportar al otro lado del charco.
Destino: Santiago de Chile…y no puedo evitar pensar que algo o alguien en
alguna parte se tiene que estar descojonando.
Después de, aproximadamente, 11.000 kilómetros y 14 horas de
viaje llego al aeropuerto de Santiago. A pesar de esta aparente paliza no llego
demasiado cansado. He tenido suerte, he volado en Business.
No voy, precisamente, ligero de equipaje. Llevo una maleta
enorme, cargada con materiales formativos y una maleta más pequeña con el
portátil y la ropa. Así que entre diversos trámites, aduanas y controles de
seguridad paso cerca de 45 minutos en el aeropuerto.
Por motivos de trabajo tengo que coger muchos taxis y aún a
riesgo de parecer poco sociable, tengo que admitir que me aburren un poco esas
conversaciones triviales, llenas de tópicos que se producen con los taxistas. En cambio
hoy es diferente, hoy tengo ganas de hablar, por una vez deseo que el taxista no sea como yo y no le importe mantener una conversación cargada de tópicos y
lugares comunes…porque al fin y al cabo todos los turistas debemos hablar
siempre de las mismas cosas…o no…o yo que sé…
Lo cierto es que tengo suerte, a éste le gusta hablar.
Me pregunta si es la primera vez que estoy en Chile, para
después reconocerme que nunca ha salido de su país y que, además, no siente la más
mínima necesidad de hacerlo.
Hay personas que consiguen desarmarte con su
honestidad. Sentí una afinidad casi instantánea con él.
Empezamos a charlar sobre su país, política, fútbol (Marcelo
Salas, Iván Zamorano, Alexis Sánchez, el Colo Colo…). Se sorprende de que yo
sepa algo de cine chileno, en cambio a mí no me sorprende ni lo más mínimo
que él no conozca nada de cine español (que poco chauvinistas somos
algunos).
Llegando al hotel le pregunto por las protestas
estudiantiles, que en estos días, son portada en todos los medios de
comunicación a nivel mundial. Me responde contándome su experiencia personal y
como está convencido de que es prácticamente imposible que le pueda pagar la
universidad a su hijo.
Su discurso es sereno, sin ningún atisbo de
conciencia de clase, sin rastro alguno de aquello que Spinoza llamaba “pasiones
tristes” (envidia, tristeza, rencor…).
En lugar de eso, me encuentro con una dignidad extraña y desconcertante en sus palabras...
A veces imagino que la memoria es como un gran armario lleno
de cajones, que almacenan instantes borrosos e imperfectos. Las fotos te
permiten abrir alguno de esos cajones y traer de regreso sensaciones,
emociones, trozos de vida. Cuando viajo solo, tengo la sensación de ser
un observador de instantes ajenos, así que intento no fotografiar a demasiadas
personas, no quedarme con demasiados instantes que no me pertenezcan.
No siempre lo consigo.
Anoto esta paja mental, mientras estoy en la Plaza de Armas.
Quizás lo hago porque me he dado cuenta que llevo cerca de una hora y media dando
vueltas por esta ciudad y todavía no he hecho ni una sola foto. Ya va siendo
hora de que me comporte como un turista normal y corriente.
Me encamino por la Avenida Bernardo O´Higgins en dirección al
Palacio de la Moneda.
Mientras camino por esta ciudad hay algo que me llama mucho
la atención, más que las protestas estudiantiles y los carteles reivindicativos,
o más incluso que el bellísimo cerro de Santa Lucía incrustado en medio de
edificios enormes y grandes avenidas plagadas de coches.
Ese algo son los perros.
Y es que esta ciudad está llena de perros abandonados.
Perros tirados en el suelo, que te miran como si fueran a decirte algo y a
última hora se arrepintiesen.
Perros sin dueño. Perros solos. Perros tristes.
Nunca había visto nada parecido. Es como si formasen parte
de un espectáculo de uno de esos artistas internacionales y modernos que tratan de decirnos algo
muy profundo, que sólo unos pocos iniciados pueden llegar a entender.
Me temo que no es así.
El Palacio de la moneda es, verdaderamente, el único sitio
que conocía de Santiago de Chile, antes de venir. Las imágenes que todos
tenemos de este lugar forman parte de esa iconografía siniestra que acompaña a
los golpes de estado.
Siempre he pensado que los sitios donde ocurren cosas
importantes, terminan impregnándose de una energía especial, acorde con lo
vivido.
En este caso me he equivocado, la curiosidad se desvanece
rápido, no hay gran cosa que ver.
Ante mí lo único que hay es un edificio gris,
custodiado por militares y flanqueado por árboles deshojados.
Me han hablado muy bien del barrio de Bellavista, pero
después de unas cuantas horas andando por esta ciudad, el jet lag está
empezando a pasar factura, así que creo que lo voy a dejar para otra ocasión…ya
no me atrevo a decir que no volveré a esta ciudad.
Así que con la certeza de que en esta vida no hay certezas,
llego a la habitación del hotel pensando que los 26.000 km que voy a recorrer
en 9 días, bien merecen unas horitas de sueño.
Mañana cojo un avión para ir a Valdivia, pero esa ya será
otra ciudad, otro viaje.
Quizás otra entrada de este blog.
Otro cajón lleno de instantes.