Un diario de viajes poco exhaustivo, un catálogo de imágenes imperfectas.
Una forma de recordar esas cosas que se te pasan por la cabeza y por la piel cuando estás lejos.

domingo, 16 de junio de 2013

La espera
















Los aeropuertos son una fábrica de bostezos y de miradas indiferentes.

Se juntan los que se van y los que vienen, y de esa mezcla diluida, se derrama una fina línea de cansancio.

Para intentar evitar esa sensación, las mentes pensantes que gobiernan nuestras vidas han decidido transformarlos en gigantescos centros comerciales. Mercados donde puedes comprar casi cualquier cosa que no necesites.
Pero no lo han conseguido. El hastío no abandona sus pasillos, sus brillantes suelos.

Después del último retraso, aún queda más de una hora para que salga nuestro avión.

Estoy agotado.                                                                                                                                        

Tapo mi rostro con las manos,  y después las alejo de mis ojos lentamente hasta que el campo visual se recompone y lo borroso se vuelve nítido; entonces las observo y me asalta un pensamiento.

Saco la libreta y lo escribo:

Hay quien dice que puede leer sus líneas, hay quien dice que puede interpretar el destino.
Me parece más hermoso interpretar el pasado, que la piel escriba su propio libro, que la tristeza deje surcos, que la alegría deje marcas…que tu vida te deje huellas que alguien pueda leer, traducir a palabras.
Y pienso que algún día este equipaje estará lleno de arrugas, estrías, jirones de piel y versos no escritos. Y entonces me marcharé a otro lugar, aunque sé que eso no cambiará nada, que la vida seguirá escribiéndome lo que quiera, lo que yo me deje, lo que no pueda evitar, lo que Dios decida, lo que alguien olvide, lo que solo la piel recuerde

Alguien me saca una foto, me saca del embelesamiento.

Vamos a embarcar.

Volvemos a casa.


martes, 11 de junio de 2013

Santiago de Chile






Junio del 2010, se juega el mundial de Sudáfrica. España llega al final de la fase de grupos con la obligación de ganar el último partido. El rival: Chile.

Yo estoy viéndolo en un bar de un pueblo de la sierra de Madrid con mis compañeros de Máster. Alguien dice: “nunca he estado en Chile” y yo contesto “Yo tampoco. Ni he estado ni, francamente, creo que vaya a ir nunca…”

Septiembre del 2011, estoy en el aeropuerto de Barajas , a punto de embarcar y coger un avión que me va a transportar al otro lado del charco. Destino: Santiago de Chile…y no puedo evitar pensar que algo o alguien en alguna parte se tiene que estar descojonando.



Después de, aproximadamente, 11.000 kilómetros y 14 horas de viaje llego al aeropuerto de Santiago. A pesar de esta aparente paliza no llego demasiado cansado. He tenido suerte, he volado en Business.

No voy, precisamente, ligero de equipaje. Llevo una maleta enorme, cargada con materiales formativos y una maleta más pequeña con el portátil y la ropa. Así que entre diversos trámites, aduanas y controles de seguridad paso cerca de 45 minutos en el aeropuerto.

Por motivos de trabajo tengo que coger muchos taxis y aún a riesgo de parecer poco sociable, tengo que admitir que me aburren un poco esas conversaciones triviales, llenas de tópicos que se producen con los taxistas. En cambio hoy es diferente, hoy tengo ganas de hablar, por una vez deseo que el taxista no sea como yo y no le importe mantener una conversación cargada de tópicos y lugares comunes…porque al fin y al cabo todos los turistas debemos hablar siempre de las mismas cosas…o no…o yo que sé…

Lo cierto es que tengo suerte, a éste le gusta hablar.

Me pregunta si es la primera vez que estoy en Chile, para después reconocerme que nunca ha salido de su país y que, además, no siente la más mínima necesidad de hacerlo.

Hay personas que consiguen desarmarte con su honestidad. Sentí una afinidad casi instantánea con él.

Empezamos a charlar sobre su país, política, fútbol (Marcelo Salas, Iván Zamorano, Alexis Sánchez, el Colo Colo…). Se sorprende de que yo sepa algo de cine chileno, en cambio a mí no me sorprende ni lo más mínimo que él no conozca nada de cine español (que poco chauvinistas somos algunos).


Llegando al hotel le pregunto por las protestas estudiantiles, que en estos días, son portada en todos los medios de comunicación a nivel mundial. Me responde contándome su experiencia personal y como está convencido de que es prácticamente imposible que le pueda pagar la universidad a su hijo. 

Su discurso es sereno, sin ningún atisbo de conciencia de clase, sin rastro alguno de aquello que Spinoza llamaba “pasiones tristes” (envidia, tristeza, rencor…). 

En lugar de eso, me encuentro con  una dignidad extraña y desconcertante en sus palabras...
















A veces imagino que la memoria es como un gran armario lleno de cajones, que almacenan instantes borrosos e imperfectos. Las fotos te permiten abrir alguno de esos cajones y traer de regreso sensaciones, emociones, trozos de vida. Cuando viajo solo, tengo la sensación de ser un observador de instantes ajenos, así que intento no fotografiar a demasiadas personas, no quedarme con demasiados instantes que no me pertenezcan.

No siempre lo consigo.

Anoto esta paja mental, mientras estoy en la Plaza de Armas. Quizás lo hago porque me he dado cuenta que llevo cerca de una hora y media dando vueltas por esta ciudad y todavía no he hecho ni una sola foto. Ya va siendo hora de que me comporte como un turista normal y corriente.

Me encamino por la Avenida Bernardo O´Higgins en dirección al Palacio de la Moneda.

Mientras camino por esta ciudad hay algo que me llama mucho la atención, más que las protestas estudiantiles y los carteles reivindicativos, o más incluso que el bellísimo cerro de Santa Lucía incrustado en medio de edificios enormes y grandes avenidas plagadas de coches.

Ese algo son los perros.

Y es que esta ciudad está llena de perros abandonados. Perros tirados en el suelo, que te miran como si fueran a decirte algo y a última hora se arrepintiesen.

Perros sin dueño. Perros solos. Perros tristes.

Nunca había visto nada parecido. Es como si formasen parte de un espectáculo de uno de esos artistas internacionales y modernos que tratan de decirnos algo muy profundo, que sólo unos pocos iniciados pueden llegar a entender.

Me temo que no es así.















El Palacio de la moneda es, verdaderamente, el único sitio que conocía de Santiago de Chile, antes de venir. Las imágenes que todos tenemos de este lugar forman parte de esa iconografía siniestra que acompaña a los golpes de estado. 
Siempre he pensado que los sitios donde ocurren cosas importantes, terminan impregnándose de una energía especial, acorde con lo vivido.

En este caso me he equivocado, la curiosidad se desvanece rápido, no hay gran cosa que ver.

Ante mí lo único que hay es un edificio gris, custodiado por militares y flanqueado por árboles deshojados.
















Me han hablado muy bien del barrio de Bellavista, pero después de unas cuantas horas andando por esta ciudad, el jet lag está empezando a pasar factura, así que creo que lo voy a dejar para otra ocasión…ya no me atrevo a decir que no volveré a esta ciudad.

Así que con la certeza de que en esta vida no hay certezas, llego a la habitación del hotel pensando que los 26.000 km que voy a recorrer en 9 días, bien merecen unas horitas de sueño.

Mañana cojo un avión para ir a Valdivia, pero esa ya será otra ciudad, otro viaje.

Quizás otra entrada de este blog.

Otro cajón lleno de instantes.


lunes, 21 de enero de 2013

Helsinki




Finlandia, Finlandia.

Ya sólo con decir su nombre, te recorre por la piel una sensación de frío.

Las postales creadas en nuestra mente están teñidas de azul, y coloreadas de blanco.
Arboles vestidos de nieve, niños en trineo y saltos de esquí… uno acaba pensando en Laponia, en perros lobo, en alces, en Santa Klaus, en lagos helados, en auroras boreales, en cuentos mágicos.

El problema de viajar en verano por el hemisferio norte es que hace calor en todas partes.
Finlandia no es una excepción, así que las postales que nos servían de lienzo son destruidas por un sol implacable.
No hay nieve, ni niños en trineo, ni gente esquiando, ni lagos helados, ni auroras boreales, ni cuentos mágicos.
La lógica sucesión de las estaciones, en las que uno no piensa cuando viaja con la mente, nos golpea nada más bajarnos del avión. Aquí también hay verano, aquí también hace calor.

Paseo por las calles de Helsinki, con una cámara en la mano y una libreta en la mochila. El cielo está despejado, el sol golpea como nunca.
Recorro sus calles acompañado por dos amigos con el mismo nombre y pocas cosas más en común.
Es curioso cómo se desencadenan los acontecimientos, como confluyen los caminos y como se separan. Nos unimos, nos separamos. Hoy estás aquí con dos amigos con el mismo nombre, paseando por una calle que tiene dos nombres distintos, pero mañana estarás en otro lugar… caminando sólo. Pasado…quien lo sabe…

Escribo en mi libreta…”Helsinki: Tan lejos de mi casa, percibo las cosas con más intensidad, con la quietud y determinación que te da el hecho de saber que cada momento es único, que muy probablemente no volveré a andar por estas calles, que estoy lejos, muy lejos de la autocomplacencia que me concede el vagar por lugares comunes, por rincones que considero míos, con los sentidos adormecidos por la cercanía de las cosas ya vistas, de los lugares ya conocidos; lejos de eso, lejos de todo… que sensación saber que cuándo camino… camino, que cuando respiro… respiro, que cuando miro… soy capaz de ver.”

A pesar del calor que sufrimos, Helsinki es una ciudad fría. Carece del refinado encanto de Oslo, por poner un ejemplo cercano y a excepción de las zonas aledañas a la catedral y el puerto, donde el bullicio del mercado y los comercios arropan y dan calidez a unas calles impersonales… el ambiente en Helsinki es…gélido.

Hay un museo, muy cerca de la catedral, que de puro absurdo es curioso. Es una especie de repaso costumbrista de la ciudad, con fotos antiguas y no tan antiguas de ciudadanos de Helsinki: Un retrato de una boda, de una cena tradicional, de un salón comedor en los años 50.
En realidad y siendo honesto conmigo mismo, lo único que se me ocurre pensar es que en Finlandia no hay demasiada pobreza, cuando se gastan el dinero público en semejantes gilipolleces.

Los museos son la plasmación de esa especie de deleite que sentimos los humanos por hablar de nosotros mismos.
Ahora que ya no trabajamos 16 horas diarias y hay más tiempo libre, se ha producido una banal generalización del  concepto de arte. Cualquier persona puede ser artista, cualquier ciudad merece tener un museo o varios.

Aunque no haya nada que exponer, aunque haya poco que decir.

Algún sociólogo como Verdú, incluso llega a insinuar una cierta  analogía de los museos con los centros comerciales. Yo no me atrevo a tanto, entre otras cosas, porque me gustan más los centros comerciales que la mayoría de los museos.

Escribo en mi libreta…”Helsinki: Otra ciudad de museos estúpidos y calles limpias. No está mal como definición de progreso”

Desde que tengo 7 años, no me pierdo un solo mundial de atletismo. En 1983 se disputaron los primeros en Helsinki, el mundo conoció a Carl Lewis, Steve Cram, Said Auita y tantos otros.
Así  que puedo decir sin ruborizarme ni lo más mínimo, que el mejor momento de mi estancia en esta ciudad fue la visita al estadio olímpico. Un estadio viejo, coqueto y orgulloso de su historia.

Y con él y un atardecer en un parque al lado de un puerto, acompañado de mis dos amigos que comparten nombre, entono mi  despedida de esta ciudad.

Al día siguiente cogeremos un coche, y nos dirigiremos a una cabaña que reposa al lado de un lago. Proseguiremos nuestro caluroso viaje, por el país del frío.

Escribo en mi libreta…”Helsinki: museo de sí misma, destierro temporal  adornado por un sol imposible. La ciudad previa al regreso. El verano que anticipa el Otoño”