Un diario de viajes poco exhaustivo, un catálogo de imágenes imperfectas.
Una forma de recordar esas cosas que se te pasan por la cabeza y por la piel cuando estás lejos.

martes, 11 de junio de 2013

Santiago de Chile






Junio del 2010, se juega el mundial de Sudáfrica. España llega al final de la fase de grupos con la obligación de ganar el último partido. El rival: Chile.

Yo estoy viéndolo en un bar de un pueblo de la sierra de Madrid con mis compañeros de Máster. Alguien dice: “nunca he estado en Chile” y yo contesto “Yo tampoco. Ni he estado ni, francamente, creo que vaya a ir nunca…”

Septiembre del 2011, estoy en el aeropuerto de Barajas , a punto de embarcar y coger un avión que me va a transportar al otro lado del charco. Destino: Santiago de Chile…y no puedo evitar pensar que algo o alguien en alguna parte se tiene que estar descojonando.



Después de, aproximadamente, 11.000 kilómetros y 14 horas de viaje llego al aeropuerto de Santiago. A pesar de esta aparente paliza no llego demasiado cansado. He tenido suerte, he volado en Business.

No voy, precisamente, ligero de equipaje. Llevo una maleta enorme, cargada con materiales formativos y una maleta más pequeña con el portátil y la ropa. Así que entre diversos trámites, aduanas y controles de seguridad paso cerca de 45 minutos en el aeropuerto.

Por motivos de trabajo tengo que coger muchos taxis y aún a riesgo de parecer poco sociable, tengo que admitir que me aburren un poco esas conversaciones triviales, llenas de tópicos que se producen con los taxistas. En cambio hoy es diferente, hoy tengo ganas de hablar, por una vez deseo que el taxista no sea como yo y no le importe mantener una conversación cargada de tópicos y lugares comunes…porque al fin y al cabo todos los turistas debemos hablar siempre de las mismas cosas…o no…o yo que sé…

Lo cierto es que tengo suerte, a éste le gusta hablar.

Me pregunta si es la primera vez que estoy en Chile, para después reconocerme que nunca ha salido de su país y que, además, no siente la más mínima necesidad de hacerlo.

Hay personas que consiguen desarmarte con su honestidad. Sentí una afinidad casi instantánea con él.

Empezamos a charlar sobre su país, política, fútbol (Marcelo Salas, Iván Zamorano, Alexis Sánchez, el Colo Colo…). Se sorprende de que yo sepa algo de cine chileno, en cambio a mí no me sorprende ni lo más mínimo que él no conozca nada de cine español (que poco chauvinistas somos algunos).


Llegando al hotel le pregunto por las protestas estudiantiles, que en estos días, son portada en todos los medios de comunicación a nivel mundial. Me responde contándome su experiencia personal y como está convencido de que es prácticamente imposible que le pueda pagar la universidad a su hijo. 

Su discurso es sereno, sin ningún atisbo de conciencia de clase, sin rastro alguno de aquello que Spinoza llamaba “pasiones tristes” (envidia, tristeza, rencor…). 

En lugar de eso, me encuentro con  una dignidad extraña y desconcertante en sus palabras...
















A veces imagino que la memoria es como un gran armario lleno de cajones, que almacenan instantes borrosos e imperfectos. Las fotos te permiten abrir alguno de esos cajones y traer de regreso sensaciones, emociones, trozos de vida. Cuando viajo solo, tengo la sensación de ser un observador de instantes ajenos, así que intento no fotografiar a demasiadas personas, no quedarme con demasiados instantes que no me pertenezcan.

No siempre lo consigo.

Anoto esta paja mental, mientras estoy en la Plaza de Armas. Quizás lo hago porque me he dado cuenta que llevo cerca de una hora y media dando vueltas por esta ciudad y todavía no he hecho ni una sola foto. Ya va siendo hora de que me comporte como un turista normal y corriente.

Me encamino por la Avenida Bernardo O´Higgins en dirección al Palacio de la Moneda.

Mientras camino por esta ciudad hay algo que me llama mucho la atención, más que las protestas estudiantiles y los carteles reivindicativos, o más incluso que el bellísimo cerro de Santa Lucía incrustado en medio de edificios enormes y grandes avenidas plagadas de coches.

Ese algo son los perros.

Y es que esta ciudad está llena de perros abandonados. Perros tirados en el suelo, que te miran como si fueran a decirte algo y a última hora se arrepintiesen.

Perros sin dueño. Perros solos. Perros tristes.

Nunca había visto nada parecido. Es como si formasen parte de un espectáculo de uno de esos artistas internacionales y modernos que tratan de decirnos algo muy profundo, que sólo unos pocos iniciados pueden llegar a entender.

Me temo que no es así.















El Palacio de la moneda es, verdaderamente, el único sitio que conocía de Santiago de Chile, antes de venir. Las imágenes que todos tenemos de este lugar forman parte de esa iconografía siniestra que acompaña a los golpes de estado. 
Siempre he pensado que los sitios donde ocurren cosas importantes, terminan impregnándose de una energía especial, acorde con lo vivido.

En este caso me he equivocado, la curiosidad se desvanece rápido, no hay gran cosa que ver.

Ante mí lo único que hay es un edificio gris, custodiado por militares y flanqueado por árboles deshojados.
















Me han hablado muy bien del barrio de Bellavista, pero después de unas cuantas horas andando por esta ciudad, el jet lag está empezando a pasar factura, así que creo que lo voy a dejar para otra ocasión…ya no me atrevo a decir que no volveré a esta ciudad.

Así que con la certeza de que en esta vida no hay certezas, llego a la habitación del hotel pensando que los 26.000 km que voy a recorrer en 9 días, bien merecen unas horitas de sueño.

Mañana cojo un avión para ir a Valdivia, pero esa ya será otra ciudad, otro viaje.

Quizás otra entrada de este blog.

Otro cajón lleno de instantes.


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