Los aeropuertos son una fábrica de bostezos y de miradas
indiferentes.
Se juntan los que se van y los que vienen, y de esa mezcla
diluida, se derrama una fina línea de cansancio.
Para intentar evitar esa sensación, las mentes pensantes que
gobiernan nuestras vidas han decidido transformarlos en gigantescos centros
comerciales. Mercados donde puedes comprar casi cualquier cosa que no
necesites.
Pero no lo han conseguido. El hastío no abandona sus
pasillos, sus brillantes suelos.
Después del último retraso, aún queda más de una hora para que salga nuestro avión.
Estoy agotado.
Tapo mi rostro con las manos, y después las alejo de mis ojos lentamente hasta que el campo visual se recompone y lo borroso se vuelve nítido; entonces
las observo y me asalta un pensamiento.
Saco la libreta y lo escribo:
“Hay quien dice que puede leer sus líneas, hay quien dice
que puede interpretar el destino.
Me parece más hermoso interpretar el pasado, que la piel
escriba su propio libro, que la tristeza deje surcos, que la alegría deje
marcas…que tu vida te deje huellas que alguien pueda leer, traducir a
palabras.
Y pienso que algún día este equipaje estará lleno de
arrugas, estrías, jirones de piel y versos no escritos. Y entonces me marcharé
a otro lugar, aunque sé que eso no cambiará nada, que la vida seguirá escribiéndome
lo que quiera, lo que yo me deje, lo que no pueda evitar, lo que Dios decida,
lo que alguien olvide, lo que solo la piel recuerde”
Alguien me saca una foto, me saca del embelesamiento.
Vamos a embarcar.
Volvemos a casa.

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